El rostro de las vagoneras de la CDMX

Todos los días, en el Sistema de Transporte Colectivo Metro de la Ciudad de México, miles de personas se cruzan en un ir y venir constante: estudiantes, trabajadores, madres con hijos, turistas, vendedores ambulantes. En medio del ruido de las puertas automáticas, el anuncio de “próxima estación” y el murmullo colectivo de la hora pico, hay un grupo de mujeres que forma parte del paisaje cotidiano del Metro: las llamadas vagoneras.

Las vagoneras son mujeres que venden distintos productos dentro de los vagones del Metro: dulces, chicles, paletas, chocolates, audífonos, cubrebocas, plumas, discos, pequeños artículos de temporada o de uso diario. Su presencia no es nueva; forma parte de una economía informal que ha crecido con el paso de los años en respuesta a la precariedad laboral y la falta de oportunidades formales.

CIUDAD DE MÉXICO, 26 ENERO 2026.- Patricia, de 56 años, fundó Leonas Vagoneras, colectiva creada en 2021 siguiendo el ejemplo de las protestas feministas —el nombre fue elegido por votación, al considerarse mujeres que se acompañan en manada—. A partir de su trabajo en los vagones del Metro logró ofrecer mejores condiciones de vida a sus hijos, quienes actualmente se sienten orgullosos de ella, y participa como vocera de la colectiva para visibilizar las condiciones de sus compañeras, combatir la estigmatización y promover entornos dignos de trabajo. Las “vagoneras”, o vendedoras informales, enfrentan problemáticas como detenciones de hasta 36 horas, multas de 500 pesos y la separación de sus hijas e hijos al ser detenidas por vender dentro del Sistema de Transporte Colectivo Metro; ante la cercanía del Mundial, señalan una “limpia” de vendedores sin procesos de protesta, reubicación o alternativas de trabajo. La colectiva, integrada únicamente por mujeres, llegó a reunir hasta 130 vendedoras informales del Metro y ha logrado establecer alianzas con organizaciones como la asociación Fondo de Semillas, lo que les ha permitido contar con abogadas, apoyo psicológico, orientación ante detenciones y separación de sus hijos, talleres gratuitos para la independencia económica y el acceso a 10 locales para la colectiva como alternativa a la informalidad. FOTO: ANDREA MURCIA /CUARTOSCURO.COM

Lejos de ser un grupo homogéneo, las vagoneras tienen historias diversas. Muchas son madres solteras, jefas de familia o mujeres que migraron desde otros estados en busca de mejores oportunidades. Algunas combinan esta actividad con otros trabajos temporales; otras dependen exclusivamente de lo que logran vender cada día para sostener a sus hijos y cubrir renta, comida y transporte.

Trabajar como vagonera implica hacerlo en condiciones marcadas por la informalidad. No cuentan con un contrato laboral, prestaciones, seguridad social ni un ingreso fijo. Lo que ganan depende directamente de cuántos productos logren vender en cada jornada.

Además, su actividad se desarrolla en un espacio donde la venta ambulante está regulada y, en muchos casos, prohibida. Esto genera un ambiente constante de tensión: operativos, decomisos de mercancía, multas o desalojos forman parte del riesgo cotidiano. Perder la mercancía no solo significa perder producto; implica perder la inversión del día o de la semana, y con ello, el sustento de sus familias.

Las jornadas suelen ser largas. Desde muy temprano, algunas recorren línea tras línea, cambiando de vagón en cada estación para ofrecer su mercancía con frases que ya son familiares para los usuarios habituales. El cansancio físico es evidente: caminar, cargar bolsas, repetir el mismo discurso cientos de veces. Pero también existe un desgaste emocional, derivado del rechazo, la indiferencia o incluso comentarios agresivos de algunos pasajeros.

Las vagoneras suelen enfrentarse a una doble carga: por un lado, la precariedad económica; por el otro, la estigmatización social. Con frecuencia se les asocia únicamente con la informalidad o la ilegalidad, sin que se visibilicen las circunstancias que las llevaron hasta ahí.

Muchas llegaron al Metro después de perder un empleo formal, enfrentar violencia económica o no encontrar opciones laborales compatibles con el cuidado de sus hijos. Para varias, la venta en vagones representa una alternativa flexible que les permite organizar sus tiempos y mantenerse cerca de su red de apoyo.

En ese contexto, el Metro no solo es un espacio de trabajo, sino también de comunidad. Entre ellas comparten información, se alertan ante operativos, se prestan apoyo económico en momentos difíciles y construyen lazos que van más allá de lo laboral.

Ante la vulnerabilidad constante, algunas vagoneras decidieron organizarse. La creación de un colectivo surge como respuesta a la necesidad de protección, representación y voz propia. No se trata únicamente de vender; se trata de defender su derecho a trabajar y a ser escuchadas.

El colectivo busca:

  • Generar redes de apoyo entre mujeres.
  • Dialogar con autoridades para evitar abusos o decomisos arbitrarios.
  • Visibilizar sus condiciones laborales ante la opinión pública.
  • Promover el respeto hacia su trabajo.

Organizarse también les permite reconocerse como sujetas de derechos, no solo como trabajadoras informales. En muchos casos, la organización fortalece su autoestima y les brinda herramientas para exigir un trato digno.

Hablar de las vagoneras es hablar de las desigualdades estructurales de la ciudad. El crecimiento del comercio informal en espacios como el Metro refleja la falta de empleos formales suficientes y bien remunerados, especialmente para mujeres con responsabilidades de cuidado.

También revela la capacidad de adaptación y resiliencia de quienes, ante la escasez de opciones, crean sus propias estrategias de supervivencia. En cada recorrido, entre estación y estación, las vagoneras no solo ofrecen productos; ofrecen una muestra de ingenio, resistencia y organización comunitaria.

La próxima vez que una vagonera recorra el vagón ofreciendo dulces o accesorios, quizá valga la pena mirar más allá del intercambio comercial. Detrás de cada venta hay una historia: una madre que paga colegiaturas, una mujer que busca independencia económica, una trabajadora que decidió no rendirse ante la falta de oportunidades.

Entender el panorama general —quiénes son, en qué condiciones trabajan y por qué decidieron organizarse— permite ampliar la conversación sobre trabajo digno, economía informal y derechos laborales en la Ciudad de México. Porque el Metro no solo transporta personas: también transporta realidades que merecen ser contadas con humanidad y contexto.


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