Las jugadoras afganas vuelven al campo para alzar la voz

A finales de octubre de 2025, un puñado de futbolistas afganas volvió a pisar un campo internacional. No fue cualquier regreso: fue la primera aparición en casi cuatro años de un equipo que une a jugadoras exiliadas y refugiadas bajo el nombre Afghan Women United, y lo hizo en un torneo organizado por FIFA en Marruecos. Aunque el marcador (derrota 6–1 ante Chad) no reflejó una celebración deportiva en el sentido clásico, la jugada en sí misma tuvo una carga simbólica y humana enorme. 

Cuando los talibanes retomaron el poder en agosto de 2021, impusieron una política sistemática que excluyó a mujeres y niñas de muchos espacios públicos: la educación, el empleo formal y, de forma explícita, la práctica de deportes. Esa política dejó a la selección femenina y a miles de deportistas sin la posibilidad de entrenar, competir o incluso practicar en privado con seguridad. Muchas jugadoras optaron por huir del país por temor a represalias; otras quedaron silenciadas dentro. El resultado fue que el fútbol femenino afgano, que había dado pasos importantes durante la década anterior, quedó prácticamente borrado de la escena internacional. 

El proceso que derivó en la aparición de Afghan Women United no fue solo logístico; fue político y emocional. FIFA adelantó y puso en marcha medidas para reconocer y apoyar a jugadoras afganas en el exilio, y organizó entrenamientos y partidos amistosos bajo un paraguas especial que permitiera a las futbolistas competir aunque la federación dentro de Afganistán, controlada por las autoridades talibanas, no reconociera un equipo femenino. La iniciativa buscó dar visibilidad, protección y continuidad deportiva a jugadoras que habían perdido su acceso a estructuras y campeonatos.

En el debut internacional en Marruecos, la propia significación del hecho fue más importante que el resultado: el equipo salió a jugar, marcó (un penal ejecutado por Manozh Noori, según crónicas) y recibió el aplauso de quienes vieron en ese primer gol la demostración de que la prohibición no pudo borrar la identidad y la voluntad de esas deportistas. Aun con el marcador adverso, el reencuentro con la competición internacional abrió de nuevo una puerta cerrada desde 2021. 

Para muchas de las jugadoras, el fútbol no fue solo una carrera deportiva, sino un vehículo de empoderamiento social: entrenamientos, torneos y la cobertura mediática contribuyeron a hacerlas referentes en sus comunidades. El exilio las dispersó por países como Australia, Europa y Estados Unidos; formar un equipo en el extranjero implicó recoger esas historias, ofrecer apoyo psicológico y físico, y negociar con instituciones internacionales su derecho a competir. Su regreso marca, por tanto, la recuperación de una voz colectiva que las autoridades en Kabul intentaron acallar. 

La vuelta a la cancha funciona como un gesto directo contra la política de negación de derechos. No es solo un acto deportivo: es una forma de nombrar públicamente que hay mujeres afganas que exigen volver a ocupar espacios que les fueron arrebatados. Al mismo tiempo, este regreso pone sobre la mesa la tensión entre organismos deportivos internacionales (FIFA) y regímenes que niegan derechos básicos: cómo reconocer y apoyar a atletas exiliadas sin validar a gobiernos que las prohíben. Ese conflicto institucional es parte de la discusión más amplia sobre los mecanismos que protegen a atletas en contextos de persecución.

El significado del regreso para la lucha por los derechos de las mujeres afganas es múltiple:

  • Visibilidad: cada partido, cada foto y cada entrevista devuelve a la ciudadanía internacional la existencia de mujeres afganas que resisten. Esa visibilidad genera presión internacional y mantiene el tema en la agenda de derechos humanos.
  • Esperanza y ejemplo: ver a mujeres que no renuncian a jugar inspira a otras, dentro y fuera del país, y demuestra que la identidad y la agencia femenina sobreviven a las prohibiciones.
  • Instrumento diplomático y humanitario: las actuaciones deportivas en el exterior ayudan a canalizar apoyo —asilo, ayudas y redes de acogida— y subrayan la relación entre deporte y derechos humanos. 

Pese al impacto simbólico, la realidad práctica sigue llena de obstáculos. Muchas jugadoras viven lejos de sus familias, enfrentan dramas personales derivados del exilio y necesitan continuidad en entrenamientos, recursos y competiciones para recuperar el nivel competitivo que la exclusión les arrebató. Además, la imposibilidad de que la federación controlada desde Kabul reconozca un equipo femenino dificulta la plena integración en torneos clasificatorios oficiales, lo que afecta las aspiraciones a mundiales y a la consolidación de un proyecto deportivo sostenible. 

Si se mira con perspectiva, el regreso de Afghan Women United es una pieza de un rompecabezas mayor: la lucha por la libertad de las mujeres en contextos autoritarios. Es una reclamación pública de derechos básicos —educación, trabajo, movilidad— que encuentran en el deporte un formato potente de expresión colectiva. Además, obliga a actores internacionales (organismos deportivos, ONG y gobiernos) a repensar instrumentos de protección y reconocimiento para atletas perseguidas. La victoria no es necesariamente deportiva: es, sobre todo, una victoria de dignidad y de memoria. 

El regreso del equipo femenino afgano a la competencia internacional es un hito que combina la resiliencia personal de las jugadoras, la presión de la sociedad civil y la mediación de instituciones deportivas internacionales. Aunque la cancha no arregla por sí sola las prohibiciones ni las injusticias, volver a jugar es un acto de resistencia —y toda resistencia encontrada, perseguida y luego celebrada, suma en la lucha por la igualdad de las mujeres en Afganistán.

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